No fui el único marcado por la inpostura lunar. Todos los que nacimos en el 69 estamos marcados por el estigma y la necesidad de ser otro. Entre nosotros no hay brillantes científicos, ni grandes fílósofos, no somos empresarios de éxito, ni siquiera somos inspirados poetas. Lo que somos es una generación de suplantadores, nos gusta la recreación, nos sentimos cómodos en la piel de otro, haciendo verosímil la existencia de otro.
Y es que el 69 es el final de un momento de gran inspiración y liberación del ser humano que termina en un gran periódo de incertidumbre: lo que viene debe alimentarse de lo que hay, la usurpación definitiva.
Para los nacidos en el 69 toca hacerse un hueco entre personas que dicen haber ido al encuentro de la luna, seres que han abandonado su lugar para lanzarse al odisea espacial; el cúlmen de la humanidad. O es lo que nos hacen creer cuando en el fondo algo no salió bien y hubo que crear la impostura, la mixtificación del gran logro.
Así la ansiada renovación se transformó en permanente improvisación y constante reinterpretación.
Moraleja: en la Biblia se menciona 69 veces la palabra agraciado, alguien debía de saber ya que, por muy titubeante que sea nuestro camino, al final encontraríamos la absolución.
“Je t’aime… moi non plus”